jueves, 21 de agosto de 2014

Crecer y ser feliz



Hubo un tiempo en que creía firmemente en todas las historias que vienen aparejadas con los sacramentos Católicos, en que creía que si cumplía todas las normas de comportamiento que dictaban y me alejaba de todas las conductas clasificadas como pecaminosas, tendría una vida inmensamente feliz aquí en la tierra, y una aún más feliz cuando muriera, pues Dante se encargó de dejarme vívidas imágenes sobre lo que pasaría si la tentación me hacía caer en alguna de ellas.
Fueron sin duda momentos felices, pues la felicidad parecía casi una fórmula matemática, un sencillo dos mas dos igual cuatro, pues si algo sabemos de las matemáticas es que no fallan, al menos no las de Pitágoras, Newton y Baldor, pues las mías fallaron. 
A mi madre, sabia madre, le gusta comparar la adolescencia con un acto de iluminación que ilustra con el quitar de una venda, y es esa visión "de golpe" de una nueva realidad lo que empieza a definirnos. 
Fue a mis 13 que empece a comprender entonces que hacer todas esas buenas cosas no es suficiente, que la sangre no define el amor, que en aras del amor se puede ser inmesamente cruel, y que si la soledad es una constante en la vida, más vale aprender a vivir con ella. 
Las creencias infantiles empezaron entonces un lento proceso de disolución, cuya etapa final empezó un 15 de febrero a las 8:55 de la mañana cuatro años después, con el anuncio del suicidio de la menor de mis hermanas. Ahora reconozco que el proceso concluyó solo unos años después, cuando decidí que era más importante amar, que el velo, los azahares y el altar. 
Ahora se que la felicidad es tan única como cada quien; que se construye a partir de esos pequeños momentos en que hacemos grandes cosas por nosotros, sin afectar a los demás; y que no tiene límites, pues tan felicidad es la que se siente al oír por primera vez "mama", como la que acompaña las mariposas del "te amo" más ansiado, o esa casi irracional, que podemos sentir algunos, al empezar a leer un libro que hemos buscado por años. 
Ahora a mis casi 42, se que la felicidad es así, íntima, propia, única, intermitente, y que bien puede caber en un beso o una llamada inesperada, como en una copa de vino o una taza de café.

04:24/21-08-2014











domingo, 10 de agosto de 2014

De vuelta al ruedo

Las rendijas son esos pequeños espacios que quedan entre dos cuerpos, a través de los cuales suelen irrumpir los rayos de luz. Al menos, esa es la definición que más me gusta, y la que más se acerca a la razón del nombre de este blog, que a fuerza de descuido, ha ido desdibujando cada una de las entradas con que se ha nutrido durante el sin fin de horas muertas de mis madrugadas insomnes.
Mientras espero ver las Perseidas de este agosto tan caliente y temperamental, he decidido, más por disciplina que por vocación, dar vida a todas esas palabras que pugnan por salir y eslabonarse, en un intento por volver al entrañable oficio de contar historias.